El otro territorio de México
Mares, estuarios y cuencas que sostienen su pesca. Más allá de sus 11 mil 122 kilómetros de costa, México administra un territorio marítimo mayor que su superficie terrestre — un sistema que sostiene más de dos millones de toneladas anuales y el trabajo de cientos de miles de personas, contra una realidad biológica: 90 % de las principales pesquerías ya está en su máximo rendimiento sostenible.

Más allá de sus 11 mil 122 kilómetros de costa, México administra un territorio marítimo mayor que su superficie terrestre. En océanos, estuarios, lagunas, ríos y embalses se sostiene una producción pesquera y acuícola superior a dos millones de toneladas anuales y el trabajo de cientos de miles de personas. Pero la dimensión del agua contrasta con una realidad biológica: alrededor del 90 por ciento de las principales pesquerías de captura se encuentra ya en su máximo rendimiento sostenible.
México en cinco datos
3.15 millones de km²
de zonas marítimas bajo jurisdicción nacional.
11,122 kilómetros
de costa continental: 7,828 frente al Pacífico y 3,294 correspondientes al Golfo de México y Mar Caribe.
2.17 millones de toneladas
de producción pesquera y acuícola estimadas para 2025.
160 sistemas lagunares costeros
forman parte de la conexión entre las cuencas terrestres y los océanos.
90 % de las principales pesquerías
se encuentra alrededor de su máximo rendimiento sostenible, de acuerdo con el diagnóstico federal 2026-2030.
México termina en la costa sólo en los mapas terrestres. Más allá de sus playas comienza otro territorio, más extenso que la superficie continental del país, atravesado por corrientes, surgencias, plataformas submarinas, estuarios, deltas y ecosistemas de los que dependen cientos de miles de personas.
La superficie continental e insular mexicana suma 1 millón 964 mil 375 kilómetros cuadrados. Frente a ella se extienden alrededor de 3.15 millones de kilómetros cuadrados de zonas marítimas bajo jurisdicción nacional. Es decir, para comprender la dimensión geográfica de México no basta mirar la tierra: hay que mirar el agua.
INEGI registra 11 mil 122 kilómetros de línea de costa continental: 7 mil 828 frente al Océano Pacífico y 3 mil 294 correspondientes al Golfo de México y el Mar Caribe. A ello se añade una Zona Económica Exclusiva que se proyecta hasta 200 millas náuticas conforme al régimen jurídico aplicable.
Es en ese territorio donde comienza buena parte de la historia pesquera del país.
México se mantiene entre los 15 principales productores pesqueros del mundo. Conapesca reportó para 2024 una producción de 1 millón 845 mil 60 toneladas de productos pesqueros, mientras que la política nacional para el periodo 2026-2030 parte de un escenario de producción pesquera y acuícola superior a los 2 millones de toneladas anuales.
La diferencia entre ambas referencias importa: pesca de captura y acuacultura no son sinónimos. Una depende de poblaciones silvestres sometidas a condiciones biológicas, vedas y esfuerzo pesquero; la otra produce organismos mediante sistemas de cultivo. Mezclarlas sin distinguirlas distorsiona la dimensión real de ambas actividades.
El Programa Nacional de Pesca y Acuacultura 2026-2030 estima para 2025 una producción conjunta de 2 millones 173 mil 621 toneladas, de las cuales 394 mil 560 correspondieron a acuacultura. El documento señala además que alrededor del 90 por ciento de las principales pesquerías de captura se encuentra en su máximo rendimiento sostenible, una condición que coloca al crecimiento futuro del sector frente a una frontera biológica.
El mapa productivo confirma que México es, antes que nada, una nación pesquera del Pacífico.
Un país inclinado hacia el Pacífico
En los últimos doce años, el Pacífico Norte concentró 73 por ciento de la producción pesquera nacional y el Pacífico Sur otro 12 por ciento, de acuerdo con el diagnóstico federal publicado en 2026. Juntas, ambas regiones representan aproximadamente 85 por ciento.
Sonora, Sinaloa, Baja California Sur y Baja California encabezan esta geografía productiva.
No es casualidad.
En el noroeste mexicano coinciden una extensa zona marina, surgencias que transportan nutrientes desde aguas profundas hacia la superficie y el Golfo de California, un mar de cerca de 1,100 kilómetros de longitud que separa a la península de Baja California del territorio continental.
La disponibilidad de nutrientes alimenta al fitoplancton y éste sostiene una cadena que permite grandes concentraciones de peces pelágicos. Ahí se encuentra una de las explicaciones de la escala alcanzada por las pesquerías de sardina y anchoveta.
La sardina es la especie dominante por volumen. Conapesca ha reportado producciones cercanas a 647 mil toneladas, muy por encima de especies cuyo precio por kilogramo puede ser considerablemente mayor. El atún, por su parte, ha registrado volúmenes superiores a 126 mil toneladas.
Pero volumen y valor cuentan historias distintas.
Un kilogramo de sardina destinado al consumo humano o a procesos industriales no representa económicamente lo mismo que uno de camarón, pulpo, langosta o determinadas especies de escama. Por eso la importancia de una región pesquera no puede medirse únicamente en toneladas.
En el Pacífico se encuentra también la principal flota atunera mexicana, además de embarcaciones sardineras, camaroneras y miles de unidades ribereñas. Ensenada, Guaymas y Mazatlán forman parte de una infraestructura portuaria vinculada durante décadas con distintas etapas de esas cadenas productivas.
El Golfo de California constituye una de las piezas centrales de este sistema. Sus condiciones oceanográficas permiten una productividad que contrasta con otras regiones marinas tropicales, pero esa abundancia no significa disponibilidad infinita.
La pesca depende de ciclos biológicos. Temperatura del agua, reproducción, disponibilidad de alimento, fenómenos como El Niño y La Niña, esfuerzo pesquero y cambios climáticos pueden transformar una temporada completa.
La geografía establece las posibilidades; la biología fija los límites.
Al sur, el Pacífico cambia. Desde Jalisco y Colima hacia Guerrero, Oaxaca y Chiapas, las condiciones tropicales modifican la composición de las pesquerías. La captura adquiere mayor diversidad y la pesca ribereña gana peso frente a las grandes operaciones industriales.
Y del otro lado del territorio mexicano comienza otro sistema.
Del Golfo al Caribe: menos toneladas, otras pesquerías
El Golfo de México y el Mar Caribe participan con aproximadamente 13 por ciento de la producción nacional: 8 por ciento corresponde a la región del Golfo y 5 por ciento al Caribe, según el Programa Nacional de Pesca y Acuacultura 2026-2030.
Su peso en toneladas es considerablemente menor que el del Pacífico, pero la lectura económica cambia cuando se observan las especies.
Pulpo, camarón, mero, huachinango, jaiba y otras pesquerías de escama forman parte de una estructura donde el valor comercial puede resultar tan importante como el volumen extraído.
México capturó 34 mil 493 toneladas de pulpo en 2024, según Conapesca. Yucatán y Campeche concentran buena parte de esa actividad.
El Golfo posee además una configuración submarina diferente. Frente a sectores de la costa del Pacífico donde la plataforma continental puede ser estrecha, la Sonda de Campeche y el Banco de Yucatán presentan amplias zonas someras.
Sobre esas aguas se desarrollan pesquerías asociadas al fondo marino y a ecosistemas costeros conectados con manglares, lagunas y desembocaduras.
Al este, el Caribe mexicano introduce otra condición. Las aguas de Quintana Roo forman parte del Sistema Arrecifal Mesoamericano y sostienen actividades pesqueras de escala menor, entre ellas aprovechamientos de langosta, peces arrecifales y otros recursos sujetos a regulaciones específicas.
En ese punto la geografía pesquera de México deja de ser solamente oceánica.
Porque detrás de una parte considerable de lo que se captura mar adentro existe un sistema que comienza en tierra.
Las fábricas naturales entre el río y el mar
México tiene alrededor de 12 mil 500 kilómetros cuadrados de lagunas costeras y esteros y aproximadamente 6 mil 500 kilómetros cuadrados de aguas interiores —lagos, lagunas, presas y ríos— vinculados también con actividades pesqueras y acuícolas.
El inventario utilizado por las autoridades federales identifica 160 sistemas lagunares costeros que suman alrededor de 1 millón 277 mil 904 hectáreas.
De ellos, 111 se localizan en el Pacífico, con unas 629 mil 925 hectáreas; 35 están en el Golfo de México, con aproximadamente 633 mil 879 hectáreas, y 14 en el Caribe, con unas 14 mil 100 hectáreas.
Los números describen superficies. Su función ecológica explica su verdadera importancia.
Un estuario es una zona de transición. El agua dulce que llega de una cuenca se encuentra con el agua salada del océano. Con ella llegan sedimentos, minerales y materia orgánica. Cambian la salinidad, las temperaturas y la concentración de nutrientes.
En esos ambientes transcurre parte del ciclo de vida de peces y crustáceos que posteriormente serán capturados en el mar.
Bahía Magdalena-Almejas, en Baja California Sur; los sistemas lagunares de Sinaloa; Mar Muerto, entre Oaxaca y Chiapas; Laguna Madre, en Tamaulipas; Tamiahua, en Veracruz, y Laguna de Términos, en Campeche, forman parte de esa red.
No son espacios aislados del océano. Funcionan como conexiones entre tierra y mar.
Los manglares asociados a muchos de estos sistemas proporcionan refugio para organismos juveniles, retienen sedimentos y participan en el intercambio de materia entre ecosistemas terrestres y marinos.
De ahí que una alteración producida kilómetros tierra adentro pueda terminar repercutiendo en una pesquería costera.
La agricultura, las descargas urbanas, la modificación de cauces, las presas y la pérdida de vegetación cambian la cantidad y calidad del agua que finalmente llega a estuarios y costas.
La pesca, vista desde esta perspectiva, empieza mucho antes de que una embarcación abandone el muelle.
Los ríos también desembocan en la pesca
El territorio mexicano está dividido en 37 regiones hidrológicas. Las grandes sierras separan corrientes que buscan el Pacífico de aquellas que descargan hacia el Golfo de México y el Caribe, mientras otras terminan en cuencas interiores.
Yaqui, Fuerte, Lerma-Santiago y Balsas forman parte del sistema del Pacífico. Bravo, Pánuco, Papaloapan, Coatzacoalcos y Grijalva-Usumacinta descargan hacia la vertiente oriental.
El agua transportada por esos ríos tiene consecuencias pesqueras.
Los sistemas Grijalva y Usumacinta alimentan una de las regiones de humedales más extensas del país antes de alcanzar el Golfo. En el norte, en cambio, la regulación y reducción de caudales del río Colorado transformó durante décadas las condiciones de su delta en el Alto Golfo de California.
Dos extremos del mismo país muestran así una relación común: la administración del agua continental termina teniendo efectos sobre los ecosistemas marinos.
Las aguas interiores poseen además una economía pesquera propia.
Lagos naturales y miles de embalses construidos durante el siglo XX sostienen actividades de captura y acuacultura en entidades sin litoral.
Chapala, Cuitzeo, Pátzcuaro y Catemaco forman parte del sistema natural. Infiernillo, Aguamilpa, Angostura, Malpaso y decenas de grandes presas agregaron superficies acuáticas artificiales donde se desarrollan pesquerías y cultivos.
Tilapia, carpa, trucha y bagre son algunas de las especies asociadas con esa producción.
Su importancia difícilmente puede explicarse sólo con la participación nacional en toneladas. En comunidades rurales alejadas de los grandes puertos, una presa o una granja acuícola puede representar alimento, empleo, comercio local y una fuente directa de ingreso.
Las aguas interiores aportan alrededor de 2 por ciento de la producción pesquera nacional, según el diagnóstico federal. Su peso social puede ser considerablemente mayor que ese porcentaje.
Dos pescas dentro de un mismo país
Existe otra diferencia que las grandes cifras nacionales suelen ocultar.
La pesca mexicana no es una sola industria.
Conviven embarcaciones con capacidad para permanecer semanas en el océano con pangas que regresan a la playa el mismo día. Conviven plantas industriales con comunidades donde el producto pasa directamente de la lancha al mercado local.
El Programa Nacional de Pesca y Acuacultura 2026-2030 calcula que los pescadores ribereños representan entre 70 y 80 por ciento de los productores pesqueros en cuatro de las cinco regiones en que divide al país.
La estadística estimada para 2025 contabiliza 333 mil 630 productores pesqueros y acuícolas. De ellos, decenas de miles dependen directamente de pequeñas embarcaciones y operaciones de corta distancia.
Para esa población, una veda no es un concepto regulatorio abstracto. Significa semanas o meses sin capturar una determinada especie. Una tormenta significa no salir. Un incremento en combustible modifica el costo de cada jornada. Una caída en el precio de playa puede volver improductiva una captura.
Y una pesquería deteriorada puede comprometer el ingreso de toda una comunidad.
Ésa es también la razón por la que la política pesquera no puede reducirse a aumentar toneladas.
El diagnóstico oficial reconoce problemas de pesca ilegal, insuficiente información científica, limitaciones en el ordenamiento, rezagos administrativos y efectos derivados del cambio climático. También advierte que alrededor de 90 por ciento de las principales pesquerías se encuentra en el máximo rendimiento sostenible.
Es aquí donde aparece la acuacultura.
Entre 2013 y 2025, la producción acuícola pasó de 245 mil 761 a 394 mil 560 toneladas, una tasa media anual de crecimiento de 4.02 por ciento, superior a la registrada por la pesca de captura.
El dato marca una dirección.
Si las poblaciones silvestres tienen límites biológicos, una parte del incremento futuro de los alimentos acuáticos tendrá que provenir del cultivo. Pero hacerlo implica sus propios desafíos: disponibilidad de agua, sanidad, calidad de semilla, alimentación, energía, ordenamiento territorial y control de impactos ambientales.
La acuacultura no sustituye automáticamente a la pesca. Es otro sistema productivo, con riesgos y posibilidades diferentes.
Y ambos dependen del mismo recurso esencial: agua en condiciones capaces de sostener vida.
El verdadero mapa pesquero
Visto desde la tierra, México tiene dos grandes litorales. Visto desde el agua, el mapa es mucho más complejo.
Hay un Pacífico Norte que concentra la mayor parte de la producción; un Golfo y un Caribe con pesquerías de elevado valor; 160 sistemas lagunares costeros; miles de kilómetros cuadrados de aguas interiores; 37 regiones hidrológicas y una red de ríos que conecta montañas, ciudades, campos agrícolas, humedales y océanos.
Ese sistema sostiene más de dos millones de toneladas anuales de producción pesquera y acuícola y el trabajo directo de cientos de miles de personas.
También concentra una contradicción.
México dispone de alrededor de 3.15 millones de kilómetros cuadrados de zonas marítimas bajo jurisdicción nacional, pero la extensión del agua no multiplica automáticamente los peces. El océano es inmenso; las poblaciones aprovechables no.
La frontera de la pesca mexicana ya no está solamente en encontrar nuevos bancos ni en enviar más embarcaciones al mar. Está en saber cuánto puede extraerse, de dónde, durante cuánto tiempo y bajo qué condiciones; en entender qué ocurre en los estuarios donde crecen los organismos juveniles; en conocer cuánta agua llega por los ríos; en impedir que la contaminación terrestre alcance las zonas de reproducción; en combatir la pesca ilegal y en decidir qué parte del crecimiento deberá venir de la acuacultura.
El mapa pesquero de México, por tanto, no termina en sus 11 mil 122 kilómetros de costa.
Empieza ahí.
Fuentes documentales
Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural / Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca. Programa Nacional de Pesca y Acuacultura 2026-2030. Diagnóstico nacional, regionalización productiva, productores, acuacultura, condición de las pesquerías y objetivos de política pública.
Comisión Nacional de Acuacultura y Pesca. Anuario Estadístico de Acuacultura y Pesca 2024. Producción nacional, especies, volúmenes, valor y distribución territorial.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Información geográfica nacional sobre superficie territorial, línea de costa, territorio insular, regiones hidrológicas y cuerpos de agua.
Comisión Nacional del Agua (CONAGUA). Estadísticas del Agua en México e información del Sistema Nacional de Información del Agua. Cuencas, regiones hidrológicas, escurrimientos, ríos, lagos y presas.
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). The State of World Fisheries and Aquaculture y bases estadísticas FishStat. Contexto internacional de pesca y acuacultura.
Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO). Información sobre ecosistemas costeros, manglares, humedales y biodiversidad marina.
Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP). Información técnica de áreas marinas y costeras protegidas, Golfo de California, humedales y ecosistemas asociados.
Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables (IMIPAS). Carta Nacional Pesquera y documentos técnicos sobre situación, aprovechamiento y manejo de recursos pesqueros.






Periodista fundador de Pleamar MX. Cobertura de pesca, acuacultura y economía azul en México.
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